UNA VICTORIA CON SABOR A DERROTA

Así es. En el fútbol es relativamente habitual oír eso de “ha sido un empate con sabor a derrota”, cuando uno de los dos equipos lamenta no haber sabido gestionar bien la ventaja en el marcador o se encuentra con un certero manotazo de un equipo inferior a ellos. Pero Australia, siempre a la vanguardia desde que la entrena Holger Osieck, le ha dado un giro a este argumento para restar mérito incluso a las victorias. Y no es para menos, porque a los socceroos les ha costado lo que no está escrito llevarse los primeros tres puntos en su grupo de clasificación para el Mundial de 2014 ante la debilísima Tailandia, número 120 del ránking FIFA. Tanto, que el capitán del equipo, el portero Mark Schwarzer, dijo tras el partido que era “una victoria con sabor a derrota”. Ahí es nada. Seguro que a Tailandia le hubiera venido genial una ‘derrota’ así.

Y es que los tailandeses iban camino de protagonizar la sorpresa de la jornada en la AFC, cuando se adelantaron en el marcador con un gol de Dangda, jugador del Muangthong United de su país, que aprovechó un centro desde la derecha para poner el 0-1, resultado que aguantaría hasta el descanso. El tanto, como no era difícil prever, vino por un flanco, el zurdo, que ocupaba Matt McKay, volante de descarada e innegable tendencia ofensiva al que Osieck dio la titularidad incomprensiblemente por delante de Michael Zullo, jugador en mucha mejor forma que fue titular ante Gales en el último amistoso y cuyo equipo, el Utrecht holandés, ya ha disputado tres jornadas de liga en la Eredivisie.

Atónito, Osieck miró al banquillo tras los primeros 45 minutos. Porque no sólo Tailandia estaba apretando a una defensa australiana en la que Lucas Neill empieza a flojear peligrosamente (y cuya pareja, Spiranovic, no es que ayude precisamente a que la sensación de entereza suba ni medio punto), sino que tampoco en ataque el conjunto kangaroo estaba ofreciendo demasiadas respuestas. Y ante esta sequía de creación, y después de reclamar Australia un gol fantasma de Cahill al que cuesta ver entrar, llegó el empate, obra del omnipresente Joshua Kennedy, otro de los hombres siempre en entredicho, que sin embargo aprovecha todas las oportunidades que tiene con la selección cuando se encuentra la titularidad como el niño que encuentra regalos caros en navidad después de todo el año apaleando gatos.

Empujarla fue un placer, Kennedy

Con todo eso por delante, huelga decir que Australia, una vez con el 1-1 en el marcador, se lanzó al ataque con un ansia que casi siempre resulta contraproducente, pero que ante la 120 del mundo debe dar resultado sí o sí. Y más cuando el técnico, en un alarde de valentía, sentó a las vacas sagradas, Cahill y Emerton, para dar entrada a Kruse y a Alex Brosque, de vuelta con la selección a última hora tras la lesión del jugador del Middlesbrough, MacDonald. Y fue Brosque, cosas de la vida, a sus 27 años y en sexto partido como internacional, quien dio a bocajarro la victoria a un conjunto que, además de jugar en casa, se presentaba a este partido con el propósito de golear y coger fuerzas de cara al próximo encuentro (6 de septiembre) ante Arabia Saudí, que no pasó del 0-0 ante Omán. Una empresa que ha quedado en una pírrica victoria en el minuto 86, sólo edulcorada con la evidencia, una vez más, de que hombres como Kruse siguen pidiendo a voces un sitio en el once inicial.

De rebote no valen, decían los tailandeses. Anda ya.

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