DYLAN TOMBIDES, UNA CICATRIZ DE FÚTBOL

Tombides muestra sonriente su cicatriz tras la segunda operación (Foto: The Daily Mail)

Dylan Tombides no había cumplido todavía los 18, pero ya estaba marcado en las hojas de ruta del fútbol base internacional como uno de los cracks a seguir durante el Mundial sub-17 de México. Su temprano salto al West Ham, donde encandilaron sus movimientos, recursos con las dos piernas y remate dentro del área, le había sentado en el mostrador. Él y Makarounas lideraban a una Australia encuadrada en el mismo grupo que Brasil, Dinamarca y Costa de Marfil, rivales a priori muy por encima de las posibilidades oceánicas. Sin embargo, la carambola permitió que los aussie pasaran como mejores terceros de grupo, lidiando en la siguiente ronda contra Uzbekistán.

Aquel choque se resolvió rápido, por suerte para todos. Los uzbekos tiraron a la basura a Australia con un sonrojante 4-0 que adelantó las vacaciones de los chavales. Tras el encuentro, Dylan fue uno de los jugadores llamados a pasar un control anti-doping sorpresa. Sin más preocupación, el chaval volvió a Inglaterra y desde allí partió a Cancún junto a su familia, para saborear las vacaciones por las que cualquier otro chico de su edad soñaría toda su vida. Sin embargo, una vez allí, recibió una llamada que cambiaría sus planes durante los próximos meses. El análisis de sangre posterior a la derrota contra Uzbekistán había revelado que  tenía cáncer de testículo. No había tiempo que perder.

La noticia arruinó las vacaciones en familia pero sobre todo, los sueños de un adolescente que venía de representar a su país ante el mundo apenas unos días antes. De ahí que su primera reacción, bañada en una inocencia cruel, fuera dirigirse a su padre y preguntarle: “Papá, ¿esto me puede matar?”. La respuesta, aunque nadie quisiera darla, era sí. Fue sometido a una operación de 45 minutos en el St. Bartholomew’s de Londres, y posteriormente, comenzó a recibir un traumático tratamiento de quimioterapia que a punto estuvo de cercenar sus ilusiones para siempre.

En una entrevista en el Daily Mail a Neill Asthon, el propio chico reconoció que le llevaba de cinco a 10 días recuperarse de cada sesión, de ahí que pidiera a sus amigos y compañeros de equipo que no fueran a visitarle. Reconoce, incluso, que en un momento de dolor y desesperación extrema, se sincerara con su madre y le dijera: “Mamá, no quiero más quimio. Viviré con esto”. Palabras de un niño a quien la naturaleza parecía quererle cobrar un precio excesivo a cambio de haberle hecho cumplir su sueño de, incluso, haber estado en el banquillo del primer equipo del West Ham en un par de ocasiones, aunque no llegara a debutar. Nadie en su entorno dejó que Dylan se derrumbase. Australia e Inglaterra se volcaron con él. Incluso el mítico central Craig Moore, hoy colaborador en Fox Sports y que superó en 2008 la misma enfermedad, le llamaba regularmente para mandarle ánimos. No termina de ser justo, a ojos del recorrido, que un cáncer mate los sueños de nadie, aunque no termine con él.

Dylan y su familia sufrieron mucho, pero tras unos meses en el hospital, empezó a salir. La pesadilla parecía ir tocando a su fin, todo estaba quedando en una amarga experiencia. Soñando con volver a vestirse de corto, Dylan incluso acudió más de una vez a ver a sus compañeros entrenarse. Pero todavía faltaba otro golpe más, el segundo, para poner a prueba definitivamente el grosor de su piel. En noviembre de 2011, un nuevo análisis reveló la reproducción de células cancerígenas en su estómago, razón por la cual volvió a ser intervenido. De esa operación conserva hoy una enorme cicatriz que le recorre el tronco en vertical, desde el corazón al ombligo. Una de esas carreteras de vida que a nadie le apetece nunca tomar, pero que casi siempre conducen a un destino ordenado, fiel, adulto.

De aquella salió mejor, todavía más firme y consistente. No tardó tanto en abandonar el hospital, y aunque los médicos y psicólogos del club eran prudentes respecto a su vuelta, el chico lo tenía claro. A su edad, todos están empezando. Incluso él. Tras esperar y trabajar en silencio varias semanas, por fin pudo volver a entrenarse con el filial del West Ham, el 29 de mayo. Ese mismo día recibió la visita de Ashton, quien relata así su encuentro: “Cuando quedamos, revoloteaba por la casa sin parar, poniéndose gomina para los fotógrafos (y las chicas), y revolviéndose avergonzado cuando su madre, Tracylee, intentaba darle un beso en la mejilla”. Dylan Tombides sobrevivió a todo, al cáncer, a la presión, y volvió a acariciar su sueño. Con 18 años, pese a su pose de niño, es un hombre, aunque aún no lo sabe. Y el paso más importante que le quedaba por dar, ya lo ha dado: volver a jugar. Lo hizo hace apenas unos días, el 8 de agosto, en un amistoso del filial del West Ham. Este verano, su temporada, su vida y su anhelo empiezan de cero. Ya es un luchador, tocado por la circunstancia, que ha captado una señal inquívoca del cielo: “todavía no”.

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